Ensayo 11 de 11 · 2 min
11. Vórtices de armonía
Por Guillermo Irure
Un ensayo interactivo con tres puertas finales escritas por Guillermo Irure para invitar al pensamiento compartido.
11 de noviembre de 2026

¿Estás dispuesto a aceptar que alejarte del centro puede ser una buena manera de encontrarlo?
Siempre me ha gustado rodearme de personas excesivas. Crecí entre excesos, unas veces sin control y otras por pura convicción, como una entrega absoluta. Desde entonces me acerco a esos vórtices con admiración, pero también con distancia, como quien se asoma a un precipicio con una mano en la barandilla.
Hoy los tengo por todas partes porque los he buscado. Y tengo mi propio exceso: la obsesión por que todo lo que hago, cada día, cada minuto, tenga «sentido».
Lo veo en las investigadoras con las que trabajo, capaces de pasar semanas detrás de una pregunta que casi nadie más entiende. En los amigos que se ponen metas imposibles para reconciliarse con su niño interior y se ganan una lesión y unas risas. O en una de mis tías, que tiene una fuente infinita de afecto y dedicación para sus hijos y sus amigos, la misma que la deja exhausta y necesita ser recargada con paseos y mimos en otra ciudad.
Parecen locos y casi siempre actúan desde su centro. Visceral, pero nítido. Y son ellos los que me ensanchan el camino: lo que yo llamaba centro hace unos años cabe hoy dentro de lo que ellos hacen un miércoles cualquiera.
Es lógico. Casi nada grande se consigue desde el punto medio, aunque haya que volver a él para tomar fuerzas. La armonía es el conjunto entero, con el medio y sus extremos incluidos. Se entra, se sale, y en cada salida el centro se hace un poco más ancho.
Eso, con los vórtices que me gustan. Con los otros me cuesta más.
Lo sé porque yo también he estado ahí. Cualquiera de esos días en los que estás sobrepasado por lo de fuera y por lo de dentro, lo pagas con alguien que parece cómodo y ya no quiere apostar por algo en lo que crees. Y empiezas a discutir como si te fuera la vida en ello, aunque a ninguno de los dos nos importe tanto.
Sin saber cuántas veces lo ha intentado. Sin saber qué frenos le impiden avanzar.
Ese extremo también forma parte de mi dibujo. No quiero quedarme a vivir ahí, aunque a veces consigo asomarme sin irritarme.
Tres puertas
Este ensayo tiene tres finales posibles. ¿Cuál es el tuyo?
La puerta de la escapada
Te vas unos días a otra ciudad sin dar muchas explicaciones. Paseos, mimos, ninguna meta que cumplir. Nadie te pregunta para qué. El lunes vuelves a tu día a día con las mismas obligaciones y un poco más de sitio dentro.
La puerta del sinsentido
Hoy haces algo que no sirve para nada. Lo haces entero, con ganas, sin buscarle el para qué. A mitad se te olvida que buscabas uno. Alguien te pregunta qué sentido tiene y, por primera vez, te da igual no saberlo.
La puerta de la barandilla
Estás asomado, como siempre, con una mano agarrada a la barandilla. Del otro lado alguien te grita que saltes, que son dos palmos. Sueltas la mano. Eran cuatro. Te ríes igual. Cuando vuelves, la barandilla sigue en su sitio. Tú no.
