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Ensayo 2 de 11 · 5 min

2. El peaje de encajar

Por Guillermo Irure

Un ensayo interactivo con tres puertas finales escritas por Guillermo Irure para invitar al pensamiento compartido.

11 de febrero de 2026

ILUSTRACIÓN 2 · El peaje de encajar
ILUSTRACIÓN 2 · El peaje de encajar

Piensa en el encaje como un río. Hay corrientes donde tu barca fluye sin esfuerzo, donde el agua te lleva y todo parece diseñado para avanzar a tu paso.

Dejarse llevar por esos cauces es hermoso, y hasta necesario. Te ahorra el agotamiento de remar contra la corriente. Pero no todos los ríos van hacia donde necesitas ir. Y cuando te das cuenta, empieza otro fluir, distinto y menos ligero.

Uno de mis mayores descubrimientos fue entender que encajar y fluir no son lo mismo que pertenecer. Se puede ser parte de algo sin encajar del todo, con cierta fricción, aunque nos enseñaron a confundirlos. Y durante mucho tiempo acepté ese truco: desaparecer un poco a cambio de que alguien me hiciera un sitio en la mesa.

Es entonces cuando empiezas a necesitar salir del río, cargar la barca al hombro y atravesar el campo abierto en busca de otro afluente. Ahí no hay fluidez. Hay resistencia: piedras, ramas, brazos cansados de cargar con tu verdad entera. Los que se quedan en el río te miran desde lejos y preguntan por qué complicas tanto las cosas. No ven que su río no va a tu mar.

Sin embargo, en ese camino hay cosas heredadas que vale la pena conservar. Antes las tomabas por tradiciones vacías u obligaciones, y ahora las ves como un sistema de convicciones profundas que reconocías como tuyas antes de saber nombrarlas. Por ejemplo, la certeza de que tienes algo que aportar, de que tu talento existe para ponerse al servicio de algo más grande que tú. Eso nunca fue una carga. Era una brújula.

Piensa en nuestros padres, que tanto se esforzaban en encajar. Recibían reconocimiento y amor. Pero aquel acuerdo social los iba desdibujando hasta que ya no recordaban qué parte de sí habían dejado atrás. Como ese mueble del salón que presidía cada hogar, perfectamente ordenado, lleno de copas y platos finos en una casa que se caía a pedazos. La paradoja de sostener algo extraordinario con ropa de domingo mientras todo lo demás se desmorona en silencio. Cuando creces viendo eso, acabas creyendo que el amor viene con condiciones.

No muestres demasiado, modula tu intensidad para que otros respiren tranquilos. Calla para evitar desaires. Y lo haces porque la armonía tranquiliza, te hace sentir querido, aunque jamás del todo comprendido. Durante años eso parece suficiente.

Hasta que un día das un paso importante fuera del guion y recibes juicio envuelto en preocupación. No preguntan de dónde viene ni qué significa. Simplifican, etiquetan, cierran la puerta. Y ahí te das cuenta de que tú también habías cedido a la inercia de una pertenencia mal entendida. Ya no sabes qué partes de ti son reales y cuáles son máscaras.

Ese es el momento de aceptar que llevabas tiempo cumpliendo un propósito, sí, pero con un método que te descomponía por dentro. Entonces toca soltar el molde: el que te dieron y el que construiste tú mismo creyendo que era tuyo. Ese guion no escrito que durante años te mantuvo a salvo, te dio estructura y te prestó una identidad.

Y entonces caminas. Sales del río sin mirar atrás y atraviesas el campo abierto. En ese tránsito aparecen otros que también se desviaron. Llegan en la universidad, en el trabajo, en el barrio, y traen algo inesperado: sus rarezas, sus no-encajes, sus fisuras. Eso te ayuda a entender las tuyas. Descubres que lo que cada uno escondía por vergüenza, juntos se puede nombrar sin pedir perdón.

Recoges formas de pensar, de sentir, de existir que otros valientes te muestran. Y construyes una orilla nueva que conserva el propósito sin pedirte que te disfraces.

La pregunta ya no es cómo encajamos, sino dónde elegimos poner nuestra energía.

Tres puertas

Este ensayo tiene tres finales posibles. ¿Cuál es el tuyo?

La puerta de la embajada

Construyes tu embajada. Un territorio soberano en tierra extranjera, donde mantienes tus propias reglas mientras respetas el protocolo del país anfitrión.

Con los que nunca saldrán del río, compartes lo suficiente para mantener la conexión, pero proteges las partes que sabes que no pueden sostener. No es mentira; es traducción elegida, no impuesta. En tus nuevas relaciones muestras desde el principio las contradicciones, las complejidades. Algunas personas se van. Pero las que se quedan, se quedan de verdad.

La autenticidad es una práctica, no un principio absoluto. Mantienes tu espacio interior intacto mientras navegas el territorio ajeno con fluidez. Y encuentras una paz imperfecta pero real.

La puerta del concierto

Decides que el problema no es tu falta de encaje sino la tiranía del encaje mismo. Dejas de buscar tu lugar en sistemas que nunca fueron diseñados para contenerte. Construyes tu propio escenario.

Creas tu concierto. No preguntas qué quiere el público; tocas lo que necesitas tocar. Cada vez que alguien dice «eso es raro», dejas de traducir. Lo raro eres tú, y ya no pides permiso para serlo. Y aunque duele, dejas de responsabilizarte por su incomodidad.

El encaje ya no es el objetivo: lo es tocar lo tuyo, cada vez más alto. Quien conecta, entra. Quien no, se va. Y disfrutando desde el escenario descubres que había más personas esperando ese concierto específico de las que imaginabas.

La puerta de la tienda de espejos

Eliges permanecer en los espacios incómodos y convertirlos en espejos. No te vas, pero tampoco te adaptas. Te quedas exactamente como eres y usas tu diferencia como invitación.

Cuando alguien sugiere que algo está mal en ti, preguntas: «¿Qué te asusta de esto?». No siempre funciona. A veces te quedas solo con la pregunta. Pero de vez en cuando alguien se detiene. Alguien baja la guardia y dice: «Tienes razón, tengo miedo, y no sé por qué».

Y en ese momento camináis juntos un trecho. Descubrís un encaje que no existía antes porque alguien tuvo la paciencia de preguntar en lugar de huir. No evitas la fricción: la usas como el fuego que permite ver con más claridad.

Construyendo el final juntos: Tu voz en Ensayo & Error

«Este proyecto no termina en mis palabras. Al cabo de los 11 meses, escogeremos juntos el cierre colectivo de esta experiencia. ¿Qué puerta abriste tú? ¿Qué pregunta te provocó este ensayo? Tu reflexión, tus matices y tus dudas ayudan a darle forma al final definitivo.»

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